domingo, mayo 18, 2008

El constante movimiento

Una de las razones por las que comencé a atemorizarme por las escaleras mecánicas, fue el acto de no decidir yo a qué velocidad subirlas o bajarlas. Había visto varios accidentes en que la escalera succionaba la prenda de algún peatón y lo dejaba preso a su estructura. El miedo no era una consecuencia de esto, de ninguna forma. Venía de la sensación de creer en la idea del constante movimiento, como una forma de ganar tiempo, espacio y acción. Una forma de buscar el movimiento en cualquier instante durante el día. Es una creencia que siempre mantuve en reserva, hasta que conocí a otra persona que pensaba lo mismo.

El miedo a no estar estático agobiaba, pero también traía problemas, muchos problemas. La mayoría de las veces con solución. Como el diente quebrado en la adolescencia, que tuvo una esperada solución con la llegada de la mayoría de edad.

Beto tenía cara de no estar frente a la persona con la cual hablaba. Eso hizo que no congeniara con mi madre, el día en que los presenté. La última vez que estuve con él, me regaló un llavero cuadrado de plástico, en el que salía un corazón rojo que decía te amo. No me miris con esa cara ahueonao, si es pa que se lo regalís una minita, me dijo paranoico. El llavero aún yace en el primer cajón de mi escritorio. Lo encontré una vez que hacía el aseo anual. Nunca lo regalé. A decir verdad, sí lo regalé, pero no me lo aceptaron. Siguiendo alguna cábala despechada, decidí que lo mejor era que ese llavero nunca saliera de su escondite.

Para las últimas elecciones municipales, me lo encontré en la Plaza de San Bernardo. Yo había ido hasta allá a dejar la cédula de identidad a mi abuelo, y en una esquina, al costado de la municipalidad, apareció el Beto, con sus zapatillas blancas y ese rapado del cabello imperfecto. Nos saludamos con una estima contenida, como siempre, pero que en el fondo reflejaba un fraternal gesto de agrado en reciprocidad. Mi abuelo esperó sentado en una banca, mientras intercambiábamos números telefónicos.

Después de un encuentro con Beto o con algún viejo conocido en general, analizaba eso de los teléfonos. Nunca llamé a alguien con quien me encontré. Tampoco me llamaron a mí. Pensaba que quizás tras ese acto, había algún síntoma de debilidad.

El constante movimiento, como lo habíamos definido con Beto, hacía que pareciéramos un par de malandras, pululando por cada lugar que transitábamos. Más allá de una intención física y corporal, el constante movimiento representaba nuestra postura frente a lo que pasaba por delante. Era una actitud aventurera, que convertía cada momento muerto en un episodio particular. Recuerdo todas esas tardes en que tratábamos de hacer una guía turística de los mejores topless de Santiago. Le dábamos tintes de misterio y de suspenso a sucuchos que no lo merecían. Y creo que precisamente ese era el encanto que tenían estas visitas.

Numerosas veces entramos a territorios desconocidos, desprovistos de todo tipo de códigos del ambiente. Sólo manejábamos la falsa embustería y la ingenuidad preparada, ambos conceptos inexistentes en nuestras vidas cotidianas, pero presentes en los días de ocio.

En una tarde lluviosa en Santiago, entramos a un topless cerca del Terminal Alameda. Precisamente al que era mi favorito. Del nombre no me acuerdo, pero sí de la tía, la cajera gordita y amorosa que nos cambiaba los billetes de mil por monedas de cien, para poner temas en el Wurlitzer y así lograr que las chicas bailaran. La Arturita se movía como una serpiente, era la que motivaba mis visitas. La que tenía flechado al Beto, se llamaba Paloma. Era una grandota de labios carnosos que siempre pedía más dinero del que teníamos. La tía nos echaba cuando se daba cuenta que nos estábamos quedando mucho rato, como nos decía sutilmente. Pero también lo hacía porque nos cuidaba. A cierta hora llegaban los caseros, que eran algo así como los clientes habituales, los que se transforman en dueños absolutos de las chicas. Eran violentos, llegaban avasalladores a conversar, a que les pusieran un oído y otras cosas, para desahogarse. Con ellos, las chicas salvaban el día, económicamente desde luego. La Arturita, que recibía ese apodo por su forma de hablar como robot chillón en el minuto de confianza, se fue una vez en la micro conmigo. Vivía en Malloco, en la entrada, cerca del puente. En ese viaje se sinceró, mirándome a los ojos, de una manera que me sorprendió. Me confesó que ella y su compañera disfrutaban cuando el Beto y yo llegábamos al topless. Entre tanto viejo verde hediondo, ustedes dos son otra cosa, me dijo sin titubear. Yo me hice el serio, el indiferente, pero su confidencia me llenaba de entusiasmo.

El topless se cerró por un tiempo y sufrimos por no ver nunca más a las dos chicas. Nos propusimos recorrer todos los topless del sector, para volver a encontrarlas, pero no resultó. En algunos éramos invitados hostiles y no nos daban la información que buscábamos. En Malloco tampoco volví a toparme con la Arturita, pese a que el encuentro lo forcé, como ya lo había hecho alguna vez, recorriendo en bicicleta la zona en la que ella se bajaba de la micro.

Los gestos y miradas suponían una parte importante del constante movimiento. La faena de llegar a un lugar y mirarse de inmediato, e insinuarse con los ojos lo que se pensaba, funcionaba casi automáticamente. Beto decía en broma que eso parecía canción de Enrique Iglesias. Años después lo comprobé, al poner atención a la canción central de una teleserie que veía mi madre. Una mirada y algo, una mirada y otra cosa, una mirada y el fin del mundo. La estructura de las canciones del tipo éste, siempre eran iguales.

El gesto más recordado fue el de una ida a Los Palos, un bar ambiguo y discontinuo en su construcción, ubicado en la calle Serrano. Ambiguo porque en el primer piso era para viejos y en el segundo para jóvenes. Discontinuo porque todo lo que empezaba de una forma, terminaba de otra. Las paredes, los escalones y las ventanas, por mencionar algunas cosas. Arriba supuestamente era mejor que abajo, por lo que subimos y esperamos atención.

Las mesas pegajosas con el detalle de los ceniceros hechos con latas de bebidas, y un Dj haciendo mezclas en el vacío del espacio, marcaron la pauta de nuestra estadía. El piso era claro, tanto, que hacía que uno lo mirara continuamente. Los muros estaban llenos de mensajes escritos con diferentes lápices, dándole esa atmósfera de bar descuidado. Intenté dejar un saludo en una orilla de la pared en la que me apoyaba, pero el lápiz no escribió. En ese segundo piso sólo éramos cuatro. Beto, yo y una pareja de lesbianas que se prometían amor eterno. Una, la más bonita y espigada, le decía a la otra que su romance tenía mucho de la literatura rumana del siglo XVI, pero que aún así, debían tener cuidado. Su padre era extremadamente conservador.

El Dj vestía una polera rayada y un sombrero blanco, al estilo vaquero, que estaba encimado sobre unos vistosos fonos, en los que supongo escuchaba la secuencia que configuraba. Se pasaba la mano una y otra vez por su barba incipiente, haciendo unos efectos de música indescriptibles. Eran las 4 de la tarde de un día jueves, y ese Dj se convirtió de inmediato en una de las cosas más extrañas que sucedieron por ese entonces. Nos cagamos de la risa. Era evidente que él se había dado cuenta de la mofa que le hacíamos a sus efectos musicales, y a su forma de llevar el ritmo. Nos esforzamos por ignorarlo, pensando que así, dejaría de meter bulla con sus vinilos y la montonera de teclas y botones raros. Comenzamos a hablar fuertemente de fútbol, de tenis, de cigarrillos y de juegos de video. Pero nada. El Dj de polera rayada no se inmutaba. Decidimos entonces, en una especie de plan B, acercanos a hablarle. Quisimos ir más allá, adentrarnos en el mundo del sujeto. Notamos rápidamente que tenía acento argentino, y en diez minutos de conversa, nos reventó su intención de anteponerse a nuestras respuestas. A mí me atacó de inmediato. No podés llevar una remera de esa banda loco, me dijo. Es que me la regalaron, no conozco a la banda, sólo la uso porque me gusta el diseño, respondí. Es una clara muestra de la falta de identidad de algunas personas acá, yo por eso sólo me compro remeras con rayas, que no tienen ninguna ambición, continuó categórico.

Se llamaba Paulo y tenía un apellido raro. Era sociólogo y profesor, y también Dj, como una manera de sacarse el stress de encima, nos contó. Luego siguió hablando media hora más, pero no lo escuchamos. Cínicamente asentimos con la cabeza a las cosas que decía y, cuando terminó, salimos del bar y nos volvimos a cagar de la risa.

Meses después, su nombre apareció en un suplemento estudiantil anarquista, que llegó a nuestras manos, mientras esperábamos la micro en el paradero. El Dj de polera rayada, había desatado todo un escándalo en una universidad del sector alto de la capital. Al parecer, las tornamesas y los vinilos antiguos no le bastaban, también se interiorizaba por la práctica amatoria de meterse con alumnas. En el artículo, que tenía un claro tono denunciador, salían nombradas dos chicas. Según afirmaba la nota, a una la había abordado con la excusa de regalarle discos compilatorios de funk setentero. De la otra, sólo salía el nombre. El ilícito habría sido descubierto, debido a una carta anónima que habría llegado a la oficina del capellán de la casa de estudios, en la cual el Dj hacía las clases. Beto guardó el pasquín en su mochila. Le había gustado la diagramación de las hojas.

Las jornadas del constante movimiento terminaban con reflexiones teóricas, acompañadas de cervezas de baja calidad. Cervezas que rompen la cabeza, solía decir el Beto. Después de tomarnos la primera, escondía el envase vacío de vidrio bajo la mesa. Había que estar siempre preparado, afirmaba. Yo en verdad hacía referencia a que rompían la cabeza con la resaca del día siguiente. Mi lema era resignación, el de Beto, precaución. Los dos conceptos estaban lejos de la violencia, que era lo importante para nuestras aspiraciones. Ambos coincidíamos en que si hay algo que tenía que estar lejos del constante movimiento, era la violencia.

Beto ironizaba a menudo con que los buenos también podían ser figuras atrayentes para el resto. ¿Nosotros vendríamos siendo los buenos?, le pregunté. ¿Y quién más?, me contrapreguntó. Soy un pesimista hueón, pero la clase media no es atracción, tal vez sólo para nosotros, le sugerí. No somos tan pocos en todo caso, continuó.

¿Sería la aventura de la clase media conocer los suburbios y los palacios por partes iguales? ¿La aventura sería un acto de inmadurez ante los dos extremos de los cuales dependíamos? Beto no creía en la independencia de los del medio. Yo tampoco. ¿Entonces qué? Nada. Nada de nada. Nuestra experimentación carecía de fundamentos serios. Era una simple estupidez. Divertida, al menos. A vista de un panelista de programa de TV serio, seríamos unos pendejos ilusos e idealistas, echados a la suerte de la olla. Seríamos como un centro desde mitad de cancha, de un lateral paraguayo hacia un delantero goleador. Una fórmula aborrecida por quienes aman el buen fútbol, pero siempre útil en cuanto a resultados.

La enseñanza del período del constante movimiento la tuvo cada uno por su lado. Es un fraude, pero ninguno quiso tomar la palabra. Menos llegar a moralejas fácilmente reconocibles. Años después, cuando el constante movimiento era sólo un recuerdo, supe que pensábamos lo mismo, pero que no nos atrevimos a poner la resolución sobre la mesa.

Ambos pensamos que Santiago es una ciudad de mierda, de puros huevones cínicos que buscan ser protagonistas en películas ajenas. Como los actores de reparto de una compañía que se van a otra, en la que sí serán personajes centrales. Cabía perfectamente ahí, el séquito de viejos calientes cañeros, que querían intimar con la Arturita y la Paloma. Sí, el servicio era pagado, pero lo lograban. Eran protagonistas en un topless, como nunca lo fueron en ninguna otra parte. También podía entrar en la categoría, el Dj de polera rayada, que con sus malditas tornamesas y sus fonos gigantes, era por fin alguien, como nunca podría haber llegado a ser en sus otras actividades. O por qué no el hecho de que flirteara a estudiantes de primer año de un bachillerato en humanidades. Beto decía con autoridad algo que yo también pensaba. El Dj no se metía con una mina de su generación porque no se la puede po hueón, tiene que recurrir a las miss 17 que entran a la universidad.

Todo era muy grato así. No ser políticamente correcto y apuntar y burlarse de quien lo merecía. El Beto la tenía prometida. Si se encontraba con alguno de los clientes del topless en el Paseo Ahumada, y éste iba con su señora y con los cabros chicos, le iba a preguntar en su cara, ¿hace cuánto que no vai a hacerte una francesa con las cabras del topless hueón? O sí se encontraba al Dj en una sala de universidad, haciendo una clase cualquiera; oiga profe, ¿no se ha seguido culeando a las alumnas?

Es un éxtasis bendito, aunque cueste reconocerlo. El constante movimiento es estar siempre preparado, estar en posición. No de guerra ni de defensa, simplemente en posición. Escuchar cuando hay que escuchar, pero tampoco dar protagonismo a quien no lo merece. Por ejemplo, con el Beto éramos muy respetuosos cuando alguien hablaba de conflictos políticos, pero siempre y cuando fuera con seriedad. Si aparecía un monigote, dando aires aleccionadores, tenía que tener una trayectoria coherente con el mensaje. La única vez que vi pelear al Beto, fue cuando un vecino mío, Javier García, nos invitó a un asado. Todo había resultado grato y ameno, pero después de las 3 AM, nos comenzó a dar consejos de vida, nos sugirió ciertas conductas, nos hizo reflexionar sobre la dictadura, pero no, hasta ahí llegó. Con Beto lo habíamos anunciado, en alguna de esas tantas charlas de viernes por la tarde. Ese hueón no. Era sabido que el Javo -como le llamaban- le pegaba a su mujer. Tampoco era que la señora apareciera con moretones todas las semanas, pero si había alguien que no nos iba aleccionar era él. Ustedes son unos maricones sin respeto, se van de mi casa!, nos increpó, amenazándonos, con un fierro de anticucho en la mano. Nos vamos, pero vo’ no me vai a venir a hablar de la dictadura, ni de lo que tengo que hacer conchetumare, gritó el Beto, totalmente airado. Anda a pegarle a tu señora amariconao culiao, continué yo, salido de mis casillas, pero pensando después, arrepentido, que con lo borracho que andaba el Javo, no hubiera resultado mi mensaje boomerang, de que al decirle que le pegara, en realidad no le pegara.

El constante movimiento era tranquilo, pero a veces, muy pocas veces, tenía estos trances de agresividad. Aún así no alcanzaban a ser episodios de violencia. Los evitábamos, corriendo y abrochando las zapatillas o zapatos una vez al día, pero bien firme. Una práctica que sólo se podía hacer con zapatos comprados en Victoria con San Diego, de esos sin marca que no se rompen jamás.

El constante movimiento, al cabo de unos años, hizo que tuviera muchos esguinces y problemas en los tobillos. Me costó volver a subir las escaleras de metro, a doble escalón, superando a todos los que van en paralelo en la mecánica y llegando primero a la boletería. Ha pasado el tiempo, pero de vez en cuando, sin exagerar, espero encontrarme con el Beto. Allí mismo, en la estación de metro de turno, observando los rostros de los transeúntes, que suben y bajan por los escalones, en un momento intrascendente de sus vidas.

jueves, mayo 08, 2008

Por la ventana

Por la ventana estoy mirando una pelea de perros, me dijo Alexandra antes de la despedida al teléfono. No salgas a la calle entonces, le contesté. Nos despedimos. Colgué el teléfono y me quedé varios minutos sentado en el sofá, inmóvil, mirando mi ventana y pensando en la cantidad de veces que había visto peleas de perros. Son muchísimos los que hay en mi cuadra. Pensaba convencido que seguramente en la cuadra de ella no había tantos perros callejeros, por lo que la pelea que veía por el cuadro de su ventana, era todo un acontecimiento. Me imaginé su ventanal, amplio y limpio, rodeado con unas cortinas frondosas y gruesas. Me la imaginé a ella, como una niña mimada viendo como el gran episodio de la semana, algo que yo veía un par de veces al día. Pensar en esto me hizo gracia, aunque por otra parte debo reconocer que me desagrada bastante cuando el ruido de perros peleando, interrumpe alguna actividad que hago al interior de mi casa.
La imagen de Alexandra y su ventana me acechó por mucho más tiempo del que podría darle a un acto sin importancia. Tal vez estaba buscando nuestras diferencias en cosas un tanto disparatadas. Había estado mirando unas fotografías de ella, en las que salía siempre seria, como mofándose de quien estuviera contemplándola. No podía recordar cómo llegaron a mí esas fotos. Era difícil que me las hubiera dado ella, no era una chica ingenua. Su rostro y su pose ante el lente de la cámara que la captaba, me incomodaban. Sentía que ella realmente era así. Una mujer insoportable, de esas que desprecian las aglomeraciones y la intimidad, pero que pueden mentir y ser parte de ambos escenarios.
La conocí en un cóctel de una feria de variedades, a la que había llegado colapsado, buscando un baño. Después de orinar larga y plácidamente, me di unas vueltas por una exposición de dibujos raros que todos contemplaban con atención. Pedí un cigarrillo a alguien que pasó por mi lado y fuego a ella. Me pasó su encendedor sin mirarme la cara. Eso me sorprendió. Era algo que yo solía hacer a propósito, pero en este caso sentí que lo hizo naturalmente, como si fuera parte de su personalidad. Por eso fue que decidí alejarme de ella sin darle las gracias y llevándome el encendedor en el bolsillo. Salió tras de mí, aunque se demoró unos segundos. Ingresé nuevamente al baño. Mientras me lavaba las manos, ella golpeó la puerta sin parar, diciendo que me había quedado con su encendedor. Me hice el desentendido y prendí el secador de manos, que duraba un minuto aproximadamente y hacía ruido en demasía. Salí del baño y me abordó un poco más simpática de lo que ya me la imaginaba. En eso me di cuenta que había comenzado una premiación, en una especie de pedestal que estaba en una esquina del perímetro. Me invitó a ver la entrega de los premios, contándome que participaba en una de las categorías.
Los dibujos expuestos debían representar el centro de Santiago libremente, según el punto de vista del concursante. La mayoría de los que había visto, me parecía que intentaban asemejarse al frontis del Paseo Ahumada. Unos eran más certeros que otros, pero noté las intenciones de retratar, aún con sicodelia y un montón de líneas raras de por medio, ese punto neurálgico de la ciudad.
El que obtuvo el tercer lugar era precisamente un tanto difuso, pero mirando con atención, se lograban visualizar las escaleras mecánicas, esos tubos circulares y anchos que hay en el piso, en los que la gente se sienta, y también los kioscos de fondo. Era una vista desde el comienzo del paseo hacia adentro. Las siluetas onduladas de los peatones daban la sensación de un día calmo. El chico que lo había realizado era un gordo de barba que no soltó nunca una copa de vino en su mano derecha. Subió a recibir un galvano sin decir palabra alguna. Se bajó y se puso a fumar pipa. Tenía alrededor de 22 años. Me pareció un exceso que fumara pipa tan joven, lo quise pasar a llevar con el hombro, botarle la copa o algo así, pero me contuve y seguí observando.
El ganador del concurso fue mi favorito por lejos. Su trabajo era una calle vacía, con bolsas de basura y el cemento húmedo. En una de las fachadas de una casona vieja y grande, habían dos niños apoyados con un pie en la pared y el otro en el piso. Los dos en la misma pose, aunque con la diferencia de que uno estaba a pie desnudo. Tenía un aire muy cotidiano, era uno de los pocos en blanco y negro. Se llamaba “Lunes” y el tipo que lo hizo dio las gracias a mucha gente. Lamentablemente no pude saber qué premio se llevó aparte de un galvano igual al del gordo barbón y al de Alexandra, que había obtenido el segundo lugar y que a mí no me había gustado. Tenía demasiados colores en un mismo cuerpo. Las casas eran mitad amarillas y mitad blancas, y los rostros de las personas que aparecían también. Aparte no logré identificar el dibujo como parte de la ciudad. Se llamaba “Uva” y según me contó, era porque el gato que cruzaba la avenida, se llamaba precisamente así, Uva, y era su mascota.
Alexandra Gracián tenía un talento innegable para dibujar. Honestamente no me gustaban sus dibujos. Las cosas que dibujaba eran totalmente sin importancia para mí. Los trazos y colores que usaba no me atraían, aunque tampoco me molestaban. A muchos otros les encantaba su estilo, se la pasaban llenando de elogios por cada nuevo dibujo que realizaba.
Después de esa premiación y de salir de esa feria a la que sólo había entrado buscando un lugar en donde orinar tranquilo, Alexandra me invitó una cerveza. Acepté y pagué yo, aunque no me hizo gracia pagar en realidad. Desde ese día, comenzamos a tener una especie de amistad que en verdad no lo era, pero resultaba grato. Hablábamos de vez en cuando por teléfono y nos veíamos un par de veces al mes. Ella me hablaba de gente y de sucesos que a mí no me importaban, pero la escuchaba en silencio. Era raro, yo estaba completamente seguro de no estar cómodo al estar con ella, pero me resultaba atrayente estar ahí. Me entretenía la idea de compartir un par de horas con una persona que representaba varias cosas que me desagradaban de la sociedad. Afloraba en ella esa idea de querer sorprenderme con situaciones, lugares y personajes que no me interesaban.
La última vez que la vi, llegué al encuentro con la clara idea de robarle algo. Le pedí uno de sus anillos, uno verdoso y llamativo que usaba en el dedo índice, con el que apuntaba cada cosa que veía. Anunció una ida al baño y aprovechando ese momento poco relevante, se lo solicité, adulando falsamente su estilo. Lo escondí en mi zapato derecho. Volvió y abruptamente le conté que el dibujo con el que había obtenido el segundo lugar, en la premiación esa, del día en que nos conocimos, no me había gustado. Ella se defendió diciéndome que mis argumentos no la convencían de por qué no me gustaba. A mi tampoco me convencían, pero gracias a esa estúpida conversación, el anillo quedó en mi poder. Se enojó y me dejó solo, ante la vista de algunos mirones. Guardé el billete que dejó para pagar lo consumido y dejé las monedas justas que indicaba la cuenta.
Camino hacia la casa de mi padre, tiré el anillo por la ventana. No me gustaba la gente que tiraba basura por la ventana de la micro. Pero ese anillo no era basura, era sólo un objeto sin importancia.
Pasó el tiempo y Alexandra Gracián fue una anécdota más en esos días calurosos que hacían que el transitar por Santiago fuera desesperante. Alexandra había llamado a mi casa, pero no me encontraba. Yo recibía los recados pero no la llamaba. No quería hablar con ella.
Meses después no pude evitarlo. Sonó el teléfono, contesté y era ella. Me contó de una amiga borracha que tenía y que había ingresado a una casa de acogida de alcohólicos anónimos. Luego me reprimió por lo del anillo. Entiendo que querías quedarte con algo mío, mal amigo, me dijo. Primero el encendedor y ahora el anillo que mi abuelo me trajo de la India, continuó. Yo sólo guardé silencio, mientras escuché que al otro lado de la línea telefónica, unos perros chillones comenzaran a ladrar.

martes, marzo 04, 2008

Cosas que me ayudan a olvidar

Hay un hombre volviendo a casa cruzando el río. Otro que vuelve a casa cruzando el mar, dentro del pecho tiene calor y frío, y las cosas que lo ayudan a olvidar.
Una broma que una vez me hizo reir, que me ayudaba a vivir, que perdió su gracia, y me quedo sin poder ni hablar de las cosas que me ayudan a olvidar.

Tiene cuatro caminos es un buen tío, tiene un dolor intenso en el paladar, tiene cinco sentidos hechos un lío, y las cosas que lo ayudan a olvidar.

Me parece que esta noche sigo igual, cambio sea por percar...
Y miro adelante, y me quedo sin poder recordar, ni siquiera aquellas cosas que me ayudan a olvidar. Es una canción que viene con el olvido, cuando viene, viene olvidándose el por venir. Si la fortuna quiere que me acompañe, antes que se pase el tiempo de venir.
Es una canción que viene con el olvido, cuando viene, viene olvidándose el por venir. Si la fortuna quiere que me acompañe, antes que se pase el tiempo de vivir.

Bájelo. Si no lo encuentra, mándeme un mail y yo se lo envío.

miércoles, febrero 20, 2008

El más grande tiene una foto del más grande

Antes de comenzar la nueva temporada de cuentos, les dejo un cortometraje protagonizado y dirigido por Martin Scorsese (mostro!!). Se llama "The key to reserva", dura alrededor de 9 minutos y les aseguro que no será una pérdida de tiempo.
Es un corto publicitario de la marca de vinos catalanes Freixenet (una marca que acostumbra a hacer spots bastante pomposos), y trata sobre un fragmento de guión perdido de Hitchcock, que Scorsese intentará realizar fielmente al estilo Hitchcock.
Hay que decir que está buenísimo, pero hay algo que me sorprendió más que el corto en sí. Me refiero a la fotografía de Glauber Rocha (otro mostro!!) que está sobre una de las repisas, de esta especie de oficina, en donde Scorsese guarda su material fílmico. Había escuchado un par de veces el rumor de la admiración e influencia que reconocía Scorsese en Rocha, pero era algo que no tenía como comprobar. Ahora sí. Vea el cortometraje "The key to reserva" en: http://www.youtube.com/watch?v=2zCD1R19bJs
(Los créditos para el usuario que subió el video: solsoulvideo)
*El momento de la foto del más grande en la repisa del más grande:

PD: Qué mal pulso para hacer la flecha!!

martes, febrero 05, 2008

Un poco de rock en español



Dejamos los cuentos en receso en esta ocasión, para compartir con ustedes un poco de música.
Es un hecho que la mejor canción del 2008 (el disco apareció a fines del 2007) no sonará en las radios chilenas, no será comentada por Tonka y Felipe en el "Buenos días a todos" y no será incluida en la banda sonora de la nueva película de Fuguet (¿se imaginan la incluyera? no, ni cagando!!!), así que haremos justicia con el rock latinoamericano y se las dejo para que la bajen en este link:
El tema se llama "Veneno paciente" y es un dúo entre dos rockeros latinoamericanos históricos, el Indio Solari y Andrés Calamaro. El primero, líder en su momento de Patricio Rey y sus redonditos de ricota (una leyenda en Argentina y Uruguay) y el segundo, otrora integrante de Raíces, Los Abuelos de la nada y Los Rodríguez, y telonero de Bob Dylan (se dice que el único disco de un músico en español que tiene Bob Dylan en su habitación, es "Honestidad Brutal").
Esto es mi forma de hacer algo contra aquello que, por distintas razones, no se ve, ni se escucha en este extraño país llamado Chile, en donde siguen prendiéndole velitas a músicos que no valen la pena. La idea es que usted baje la canción, la escuche y luego opine. Gracias.
Nota: Para bajar el tema, tiene que abrir el link que di arriba y hacer un click en donde dice FREE. Luego comienza una cuenta regresiva para poder descargar el archivo. Esperamos que termine la cuenta regresiva, y nos aparecerá un cuadro para completar el código de confirmación que aparece ahí mismo. Lo escribe en el cuadro y presiona DOWNLOAD. Listo, suba los parlantes!!

martes, enero 22, 2008

Baba de caracol

Una cosa llevaba a la otra. No era el gran descubrimiento, pero me tranquilizaba. Esa fue la única semana de ese mes, en que ocupé el escobillón de lunes a viernes. Lo dejé en un lado distinto cada vez que lo usé. No tenía explicación para eso, salvo el hecho de que al pasar por el lado en que lo había dejado, me sentía bien por haber estado esa semana más hacendoso de lo habitual.
Siempre que tiraba el polvo hacia el patio, por la puerta de la cocina, me fijaba en la baba de caracol. Todos los días estaba ahí, intacta. Por las noches pensaba en buscar información sobre ese fenómeno. El residuo de un ser vivo se mantenía por días y días de forma casi invariable, por lo menos a simple vista. No sé si la falta de acontecimientos importantes en mi vida, había hecho que la baba de caracol fuera el leit motiv de mis noches antes de dormir.
No pude no relacionar esa obsesión mental, con los sucesos que comencé a vivir la semana siguiente. Seguro que alguien podría decirme que no tienen nada que ver, pero me gustaba la idea de la baba de caracol como dispositivo impulsador de sucesos varios.
Vivir en Malloco y trasladarse a Santiago tiene cosas desesperantes, entre ellas: el viaje en micro. Es por eso que el ocupar ese viaje pensando en la misma cosa de siempre, era una buena forma de que el tiempo pasara rápido. Y así sucedió cada día de esa semana. Cada vez que se me venía a la mente la baba de caracol, sucedían cosas que no me habían pasado durante el año. La primera vez fue la más extraña, porque mientras pensaba en el asunto de los caracoles, veía casi inerte a una madre que le daba leche a su recién nacido. No tenía ninguna intención de mirarla como una escena erótica. Simplemente mis ojos se clavaron en el acto del pecho succionado por una boca pequeña. Y en eso estaba, cuando recién me daba cuenta que el hombre que iba a mi lado me decía, puta que soy sapo hueón. Yo no respondí nada. Sólo le hice un gesto de excusa. El tipo le recibió una manta a la chica que aún tenía su pecho descubierto, y me pidió permiso para pasar a un asiento trasero que se había desocupado. Yo me había quedado con una profunda sensación de vergüenza.
El hecho lo conecté de inmediato a todas esas veces en que sentía que la gente pensaba cosas malas de mí, cuando en realidad yo creía que estaban errados. También yo, solía pensar cosas malas de la gente por un hecho específico. Y muchas veces no me tomaba el tiempo de dar segundas oportunidades. Supongo que eso era lo que hacía que yo fuese tan desgarrado cada vez que la implacabilidad me azotaba, en distintos niveles, en distintas circunstancias.
Ese mismo día, mientras esperaba a Alejandro en el Centro Cultural de Rusia, había pasado algo parecido. Una señora de alrededor de 60 años me increpó sin motivos. Me decía que ese lugar no era para esperar a ninguna persona, que no era un punto de encuentro entre amigotes. En menos de dos minutos la vieja de mierda me amenazó con llamar a la policía, con llamar a su jefe y con llamar al portero. Yo pedagógicamente trataba de darle a entender que esa no era forma de tratar a alguien, que me iba a ir, pero que se calmara. Pero ella no paró y siguió con su verborrea de mierda. Salí rápido del lugar, airado, en busca de alguna banca en la cual sentarme y pensar en el asunto. Antes de llegar a una, tuve el deseo de ir donde la vieja y hacerle algo, gritarle algo, enrostrarle algo. Pero claro, en esos momentos me di cuenta que ya era un tipo maduro, y que no podía retroceder tanto en el tiempo como para destruir una evolución que costó desarrollar. Desde luego que la baba de caracol no tenía nada que ver con que la vieja de mierda, me reprimiera por una mala tarde que seguro tuvo. (Espero, o sino está perdida). El tema es que al otro día, cuando nuevamente vi el residuo de caracol al tirar la mugre amontonada por el escobillón, comencé a concluir en que efectivamente no era una coincidencia. Claramente no era nada. La baba de caracol era una cosa y la vieja de mierda y el tipo paranoico de la micro eran otras. No todo tiene relación, pensé. A menos que uno haga el pie forzado. Ese que le gusta tanto a algunos malos profesionales, de distintas áreas.
Cuando le comenté todas estas especulaciones a Alejandro, curiosamente él sí pensó que la baba de caracol podía fomentar cierto resentimiento en nosotros. Su argumento no era muy convincente. Seguramente sus deducciones correspondían a su estado alucinógeno. Pero pensándolo bien, tampoco podía hacerme el tonto ante sus a veces extrañas teorías. Si mal no recuerdo, fue Alejandro quien me dijo alguna vez que los perros maleteros de Malloco, se tiraban siempre que uno andaba en problemas. Y por lo menos esa hipótesis ambigua no ha fallado nunca. En la época en que estuve enyesado de mi tobillo derecho por ejemplo, se me tiraron absolutamente todos los días de esas dos semanas. Obviamente el yeso era un problema. Un gran problema considerando mi son de caminante incansable, pero los perros maleteros no tenían compasión.
Alejandro creía que la baba de caracol al ser un elemento tan transparente, también podía lograr una transparentación de nuestras mentes y almas en los debidos actos cotidianos. Yo replanteaba que siempre había tenido una actitud transparente. Pero al verse derrotado por ese argumento, Alejandro me decía que yo era un caso que escapaba a la norma.
Así fue como llegué a concluir que, con o sin baba de caracol a la vista, uno tenía por lo menos un problema, grave o sencillo, cada día. Un teléfono público que traga monedas, una caída de la herramienta de trabajo, una torcida de tobillo, una papa frita hirviendo que uno se traga al almuerzo y hace mierda el intestino, en fin. No había que hilar tan fino para hacer asociaciones poco creíbles.
Durante el resto de las noches pensaba en la baba de caracol antes de dormir, pero al rato me reía por la estupidez de pretender que eso tuviera alguna injerencia en mis acciones diarias.
El jueves de esa misma semana, me desperté con la mente despejada de tanto pensamiento inútil. Me costó zafarme de la idea, pero hice caso a esa chica que alguna vez me dijo que para descansar durante las noches, tenía que evitar pensar obsesivamente en ciertas cosas. Nunca lo había comprobado, pero tal vez ese era el instante en que sus dichos cobrarían razón.
Al mediodía me encontré con mi sobrino. No lo veía hace unas semanas, así que lo acompañé hasta su escuela. No sé por qué, pero siempre que estoy con él, pienso en si será tan inseguro como yo era cuando era un niño. Lo dejé en el portón y le di un abrazo. Antes de alejarme del lugar, me quedé observando esa entrada llena de niños con mochilas de colores que ingresaban y salían. Mi sobrino no entró de inmediato, se quedó conversando con un niño rubio, que me parecía conocido no sé de qué parte, pero su cicatriz en la frente me era familiar. En eso estaban, seguramente hablando de cosas de niños, bastante entusiasmados, cuando pasó un niño más grande por el lado de ellos y golpeó con la mano abierta la cabeza de mi sobrino. Me quedé perplejo. Por varios segundos no supe qué hacer. El chico agresor venía justamente hacia mí. Al parecer iba en dirección a una furgoneta amarilla que esperaba a mis espaldas. Pasó por mi lado y lo golpeé fuertemente con una patada en el culo. Sollozó levemente antes de subirse a la furgoneta. Nadie me dijo nada. Nadie me increpó ni enjuició mi acción. Fue raro, había mucha gente alrededor, que supongo eran apoderados. Emprendí mi camino hacia el terminal de buses. Mientras iba en el metro, pensaba que adjudicarle ese hecho a la baba de caracol podía ser una estupidez de marca mayor. Así que forzadamente pensé en otra cosa y quise olvidarme del asunto. Antes de instalar mis audífonos y entregarme a un blues, se me vino una imagen a la mente. La de mi sobrino al momento de recibir el golpe. Ni siquiera había atinado a responder o a increpar al agresor.

domingo, diciembre 09, 2007

Contemplaciones viales

Debo reconocerlo, el tipo era guapo. Más alto de lo que se veía en fotos. Tenía bigotes. De esos que yo siempre he querido tener pero nunca he podido. Lo contemplé en silencio por varios minutos. Él no paraba de ofrecerme distintas cosas. Un café, un cigarrillo, una fruta. Yo no quería nada. Sólo quería estar ahí, esperándola y tratando de actuar con naturalidad. Él me preguntó si tenía frío. Le dije que no, aunque en realidad sí tenía frío. Era una casa muy grande. Me recordaba la de mis abuelos en Malloco. Se parecía sobre todo en eso de tener grandes puertas, como si sólo vivieran allí personas de un metro noventa. También se parecía en que siempre estaban abiertas. Eso hacía que hubiera una corriente densa en su interior. Esto provocaba que yo supiera que nunca tenía que ir desabrigado a esa casa, por más que hiciera calor. Se sentía ruido en el living. Sonaba una suerte de aseo a la rápida que supongo él hacía en la cocina. Apareció de pronto y me dijo, yo no puedo tomar café sin que alguien me acompañe, así que te traje uno de todas formas. No me quedó más que aceptar. Gracias, le dije mientras él se sentaba en el mismo sillón en que estaba yo. Es café búlgaro, lo trajo mi hermana, me dijo. Yo asentí con la cabeza.
Después de una hora en ese lugar, y cuando ya no recordaba casi nada de lo que habíamos hablado, decidí partir. Mónica no llegó y me pasó eso que ocurre a veces en que uno se siente extendiéndose más de la cuenta, en un lugar que no es el suyo. Él me acompañó hasta la entrada y me preguntó cómo me llamaba. Santiago, le dije. Santiago Gutiérrez. En ese momento, él cambió repentinamente su tono y su actuar conmigo. Pero viejo querido, me hubieras dicho antes que eras tú, Mónica me ha hablado mucho de ti, me dijo entusiasta. Te acompaño hasta el paradero, continuó. Le dije que no era necesario, pero igualmente lo hizo. En eso se parecía bastante a mí, no aceptaba respuestas negativas, o mejor dicho, no las escuchaba. ¿Tú eres Roberto no?, le pregunté. Pues claro, supongo que Mónica también te ha hablado de mí, me respondió. Sí, algo me comentaba el otro día, ustedes son compañeros de trabajo, volví a preguntar. Se río y me dijo que no, que quizás lo confundía con otro Roberto. Él era Roberto Fontana, el novio de Mónica.
A veces soy un tanto mentiroso. Pero no son mentiras relevantes, es más, son de esas mentiras que evitan ciertos bochornos. Yo sabía que el tipo era el novio de Mónica. Sabía que su apellido era Fontana. Y también sabía que no era un mal tipo. Es raro conocer en persona a alguien que está en tu mente todo el tiempo. El tipo rondaba en mi cabeza desde que conocí a Mónica. Me despertaba una admiración honesta este hombre que tenía el privilegio de ser su novio. Camino a casa, pensaba que quizás debí haber sido un poco más amistoso con él. Haber cubierto esos silencios que reinaron por algunos instantes. Quizás para él esos silencios no eran tan incómodos como para mí, pero yo sentía que si. No pude dejar de pensar en todo el trayecto en él. No era envidia lo que me despertaba, era curiosidad. Saber de que hablaba, de que se reía, con que sufría y todas esas cosas que siempre me gusta saber de la gente. Le encontré un parecido a un actor secundario de una película de principios de los noventa. No recuerdo el nombre el nombre ni del actor, ni de la película. Es extraño, soy bueno para esos datos, pero éste lo había olvidado completamente.
Antes de entrar a la pensión, pasé a comer algo al restaurant de la esquina. Había una cola larga. Una señora estaba antes que yo, con una niña hermosa en los brazos. Pensé en que esa niña sería como Mónica cuando fuera adulta. La niña me miraba y se reía. Luego se escondía en el pecho de su madre. Yo le dejaba de prestar atención y eso bastaba para que ella nuevamente se hiciera presente con esas carcajadas infantiles tan particulares. Tenía unos ojos intensos, grandes, de esos que me gusta mirar fijamente. La madre se percató de que la niña estaba muy entretenida conmigo. Parece que le gustaste, sí es muy fresca esta niñita, me dijo. Yo sólo sonreí. La niña y su madre se fueron y yo pedí un sándwich. Necesitaba saciar mi apetito. No había comido en todo el día.
Desde que vivía en esa pensión, los desayunos se habían esfumado de mi vida. Y no es que esté diciendo que ahí no me atendían bien, simplemente me despertaba tan atrasado, que mi desayuno se resumía en un vaso frío de leche.
Otro día de trabajo. Estaba en la semana de la zona centro. Mi oficio consistía en caminar por la ciudad, específicamente por las calles que me designaban y hacer un análisis de los problemas viales que se divisaban en Santiago. Concretamente, salía a trabajar con un cuaderno y un par de lápices, y tenía que anotar cuales eran las calles que tenían hoyos e imperfecciones, las que dificultaban el tránsito vehicular. Y peatonal también. Debo decir con todo el conocimiento de causa que no es menor el índice de personas que sufren torceduras de tobillos o caídas varias cada día, por culpa del pavimento en mal estado.
Antes de trabajar en esto, que en la municipalidad recibía el nombre de “inspector vial”, yo no tenía idea alguna de que existiera un trabajo así. Al igual que muchos santiaguinos, yo pensaba que los hoyos de la ciudad eran ya parte del paisaje urbano. Y así es como entre mis compañeros, se hacían diversas bromas con algunas calles, que siempre estaban liderando los informes que teníamos que entregar cada fin de mes en la oficina. Me gustaba mi trabajo. Había llegado ahí a través del papá de un buen amigo, Antonio. Éramos compañeros en la Facultad. Estudiábamos Historia. Después de unos años yo decidí congelar, pero el siguió. Ahora es el profesor estrella de un colegio para niños deportistas. Aún hablamos. Cada vez que me ve, me dice que debo volver a terminar lo que empecé. Yo también creo lo mismo, pero quiero hacerme un experto en este oficio de olfatear hoyos primero.
Antonio me acompañaba el día en que conocí a Mónica. Ese fue un día raro desde temprano. Era mi segunda semana de trabajo y me cambiaron abruptamente de comuna. Pasé de Providencia a Maipú. La calle se llamaba Luis Gandarillas y era nueva para mí. Había pasado un par de veces por ese sector, pero jamás había caminado por ella. Antonio estaba de vacaciones y yo aún no me acostumbraba a caminar solo. Gandarillas era una calle rara, sobre todo si se compara con el resto de las calles de Maipú. De partida era una calle limpia y ancha. De casas grandes. Debe ser una de las pocas avenidas en que no hay tantos perros vagos dando vueltas. Su mayor rareza es que tiene una especie de curva, que hace que en la mitad, haya un notorio levantamiento del pavimento. Eso complicaba un poco a los vehículos, ya que no podían visualizar de buena forma a algún peatón despistado que atravesara repentinamente.
Antonio fue quien la vio primero. Oye, mira esa mina, me dijo. Había una chica en el suelo a un costado del camino. Un árbol le daba sombra extrañamente en un día caluroso en que el pavimento ardía. Se habrá caído, preguntó Antonio. Pregúntale, dije yo, aunque debo admitir que me hubiese gustado preguntar a mí.
Hola, te pasó algo, le dijo a la chica. Hola, si, mira me caí y me doblé el tobillo más o menos fuerte, dijo la chica. Que mala onda, dijo Antonio. Yo le pregunté, necesitas que te ayudemos, que te llevemos a alguna parte. Ella, con un notorio gesto de dolor en su rostro, dijo que si, que vivía a dos cuadras de ahí y que sus planes de ir a pagar cuentas habían cambiado. Al principio pensé en hacer parar un taxi, pero Antonio planteó la idea de llevarla entre los dos. Y así fue. Tomé su bolso, nos pusimos cada uno de nosotros a un costado de ella, y se apoyó en nuestros hombros. Comenzamos a caminar lentamente. Era delgada, pesaba poco. Cuál es tu nombre, le pregunté. Mónica, respondió. Bueno, un poco rara la forma en que nos hemos conocido, pero mucho gusto, le dije risueño. Ella también sonrío. En realidad creo que ella sonreía falsamente. Yo podía percibir que estaba sufriendo. Antonio se adueñó de la conversación, haciendo mención a que la forma en que la estábamos trasladando, la había aprendido cuando era scout. Ella también había sido scout. Sus pasados en común, provocaron mi silencio. Un silencio que asumí tranquilo. En la vertiginosa forma de hacer avanzar el tiempo en mi mente, yo daba por hecho que Antonio no llegaría más lejos que yo.

 
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