Una de las razones por las que comencé a atemorizarme por las escaleras mecánicas, fue el acto de no decidir yo a qué velocidad subirlas o bajarlas. Había visto varios accidentes en que la escalera succionaba la prenda de algún peatón y lo dejaba preso a su estructura. El miedo no era una consecuencia de esto, de ninguna forma. Venía de la sensación de creer en la idea del constante movimiento, como una forma de ganar tiempo, espacio y acción. Una forma de buscar el movimiento en cualquier instante durante el día. Es una creencia que siempre mantuve en reserva, hasta que conocí a otra persona que pensaba lo mismo.
El miedo a no estar estático agobiaba, pero también traía problemas, muchos problemas. La mayoría de las veces con solución. Como el diente quebrado en la adolescencia, que tuvo una esperada solución con la llegada de la mayoría de edad.
Beto tenía cara de no estar frente a la persona con la cual hablaba. Eso hizo que no congeniara con mi madre, el día en que los presenté. La última vez que estuve con él, me regaló un llavero cuadrado de plástico, en el que salía un corazón rojo que decía te amo. No me miris con esa cara ahueonao, si es pa que se lo regalís una minita, me dijo paranoico. El llavero aún yace en el primer cajón de mi escritorio. Lo encontré una vez que hacía el aseo anual. Nunca lo regalé. A decir verdad, sí lo regalé, pero no me lo aceptaron. Siguiendo alguna cábala despechada, decidí que lo mejor era que ese llavero nunca saliera de su escondite.
Para las últimas elecciones municipales, me lo encontré en la Plaza de San Bernardo. Yo había ido hasta allá a dejar la cédula de identidad a mi abuelo, y en una esquina, al costado de la municipalidad, apareció el Beto, con sus zapatillas blancas y ese rapado del cabello imperfecto. Nos saludamos con una estima contenida, como siempre, pero que en el fondo reflejaba un fraternal gesto de agrado en reciprocidad. Mi abuelo esperó sentado en una banca, mientras intercambiábamos números telefónicos.
Después de un encuentro con Beto o con algún viejo conocido en general, analizaba eso de los teléfonos. Nunca llamé a alguien con quien me encontré. Tampoco me llamaron a mí. Pensaba que quizás tras ese acto, había algún síntoma de debilidad.
El constante movimiento, como lo habíamos definido con Beto, hacía que pareciéramos un par de malandras, pululando por cada lugar que transitábamos. Más allá de una intención física y corporal, el constante movimiento representaba nuestra postura frente a lo que pasaba por delante. Era una actitud aventurera, que convertía cada momento muerto en un episodio particular. Recuerdo todas esas tardes en que tratábamos de hacer una guía turística de los mejores topless de Santiago. Le dábamos tintes de misterio y de suspenso a sucuchos que no lo merecían. Y creo que precisamente ese era el encanto que tenían estas visitas.
Numerosas veces entramos a territorios desconocidos, desprovistos de todo tipo de códigos del ambiente. Sólo manejábamos la falsa embustería y la ingenuidad preparada, ambos conceptos inexistentes en nuestras vidas cotidianas, pero presentes en los días de ocio.
En una tarde lluviosa en Santiago, entramos a un topless cerca del Terminal Alameda. Precisamente al que era mi favorito. Del nombre no me acuerdo, pero sí de la tía, la cajera gordita y amorosa que nos cambiaba los billetes de mil por monedas de cien, para poner temas en el Wurlitzer y así lograr que las chicas bailaran. La Arturita se movía como una serpiente, era la que motivaba mis visitas. La que tenía flechado al Beto, se llamaba Paloma. Era una grandota de labios carnosos que siempre pedía más dinero del que teníamos. La tía nos echaba cuando se daba cuenta que nos estábamos quedando mucho rato, como nos decía sutilmente. Pero también lo hacía porque nos cuidaba. A cierta hora llegaban los caseros, que eran algo así como los clientes habituales, los que se transforman en dueños absolutos de las chicas. Eran violentos, llegaban avasalladores a conversar, a que les pusieran un oído y otras cosas, para desahogarse. Con ellos, las chicas salvaban el día, económicamente desde luego. La Arturita, que recibía ese apodo por su forma de hablar como robot chillón en el minuto de confianza, se fue una vez en la micro conmigo. Vivía en Malloco, en la entrada, cerca del puente. En ese viaje se sinceró, mirándome a los ojos, de una manera que me sorprendió. Me confesó que ella y su compañera disfrutaban cuando el Beto y yo llegábamos al topless. Entre tanto viejo verde hediondo, ustedes dos son otra cosa, me dijo sin titubear. Yo me hice el serio, el indiferente, pero su confidencia me llenaba de entusiasmo.
El topless se cerró por un tiempo y sufrimos por no ver nunca más a las dos chicas. Nos propusimos recorrer todos los topless del sector, para volver a encontrarlas, pero no resultó. En algunos éramos invitados hostiles y no nos daban la información que buscábamos. En Malloco tampoco volví a toparme con la Arturita, pese a que el encuentro lo forcé, como ya lo había hecho alguna vez, recorriendo en bicicleta la zona en la que ella se bajaba de la micro.
Los gestos y miradas suponían una parte importante del constante movimiento. La faena de llegar a un lugar y mirarse de inmediato, e insinuarse con los ojos lo que se pensaba, funcionaba casi automáticamente. Beto decía en broma que eso parecía canción de Enrique Iglesias. Años después lo comprobé, al poner atención a la canción central de una teleserie que veía mi madre. Una mirada y algo, una mirada y otra cosa, una mirada y el fin del mundo. La estructura de las canciones del tipo éste, siempre eran iguales.
El gesto más recordado fue el de una ida a Los Palos, un bar ambiguo y discontinuo en su construcción, ubicado en la calle Serrano. Ambiguo porque en el primer piso era para viejos y en el segundo para jóvenes. Discontinuo porque todo lo que empezaba de una forma, terminaba de otra. Las paredes, los escalones y las ventanas, por mencionar algunas cosas. Arriba supuestamente era mejor que abajo, por lo que subimos y esperamos atención.
Las mesas pegajosas con el detalle de los ceniceros hechos con latas de bebidas, y un Dj haciendo mezclas en el vacío del espacio, marcaron la pauta de nuestra estadía. El piso era claro, tanto, que hacía que uno lo mirara continuamente. Los muros estaban llenos de mensajes escritos con diferentes lápices, dándole esa atmósfera de bar descuidado. Intenté dejar un saludo en una orilla de la pared en la que me apoyaba, pero el lápiz no escribió. En ese segundo piso sólo éramos cuatro. Beto, yo y una pareja de lesbianas que se prometían amor eterno. Una, la más bonita y espigada, le decía a la otra que su romance tenía mucho de la literatura rumana del siglo XVI, pero que aún así, debían tener cuidado. Su padre era extremadamente conservador.
El Dj vestía una polera rayada y un sombrero blanco, al estilo vaquero, que estaba encimado sobre unos vistosos fonos, en los que supongo escuchaba la secuencia que configuraba. Se pasaba la mano una y otra vez por su barba incipiente, haciendo unos efectos de música indescriptibles. Eran las 4 de la tarde de un día jueves, y ese Dj se convirtió de inmediato en una de las cosas más extrañas que sucedieron por ese entonces. Nos cagamos de la risa. Era evidente que él se había dado cuenta de la mofa que le hacíamos a sus efectos musicales, y a su forma de llevar el ritmo. Nos esforzamos por ignorarlo, pensando que así, dejaría de meter bulla con sus vinilos y la montonera de teclas y botones raros. Comenzamos a hablar fuertemente de fútbol, de tenis, de cigarrillos y de juegos de video. Pero nada. El Dj de polera rayada no se inmutaba. Decidimos entonces, en una especie de plan B, acercanos a hablarle. Quisimos ir más allá, adentrarnos en el mundo del sujeto. Notamos rápidamente que tenía acento argentino, y en diez minutos de conversa, nos reventó su intención de anteponerse a nuestras respuestas. A mí me atacó de inmediato. No podés llevar una remera de esa banda loco, me dijo. Es que me la regalaron, no conozco a la banda, sólo la uso porque me gusta el diseño, respondí. Es una clara muestra de la falta de identidad de algunas personas acá, yo por eso sólo me compro remeras con rayas, que no tienen ninguna ambición, continuó categórico.
Se llamaba Paulo y tenía un apellido raro. Era sociólogo y profesor, y también Dj, como una manera de sacarse el stress de encima, nos contó. Luego siguió hablando media hora más, pero no lo escuchamos. Cínicamente asentimos con la cabeza a las cosas que decía y, cuando terminó, salimos del bar y nos volvimos a cagar de la risa.
Meses después, su nombre apareció en un suplemento estudiantil anarquista, que llegó a nuestras manos, mientras esperábamos la micro en el paradero. El Dj de polera rayada, había desatado todo un escándalo en una universidad del sector alto de la capital. Al parecer, las tornamesas y los vinilos antiguos no le bastaban, también se interiorizaba por la práctica amatoria de meterse con alumnas. En el artículo, que tenía un claro tono denunciador, salían nombradas dos chicas. Según afirmaba la nota, a una la había abordado con la excusa de regalarle discos compilatorios de funk setentero. De la otra, sólo salía el nombre. El ilícito habría sido descubierto, debido a una carta anónima que habría llegado a la oficina del capellán de la casa de estudios, en la cual el Dj hacía las clases. Beto guardó el pasquín en su mochila. Le había gustado la diagramación de las hojas.
Las jornadas del constante movimiento terminaban con reflexiones teóricas, acompañadas de cervezas de baja calidad. Cervezas que rompen la cabeza, solía decir el Beto. Después de tomarnos la primera, escondía el envase vacío de vidrio bajo la mesa. Había que estar siempre preparado, afirmaba. Yo en verdad hacía referencia a que rompían la cabeza con la resaca del día siguiente. Mi lema era resignación, el de Beto, precaución. Los dos conceptos estaban lejos de la violencia, que era lo importante para nuestras aspiraciones. Ambos coincidíamos en que si hay algo que tenía que estar lejos del constante movimiento, era la violencia.
Beto ironizaba a menudo con que los buenos también podían ser figuras atrayentes para el resto. ¿Nosotros vendríamos siendo los buenos?, le pregunté. ¿Y quién más?, me contrapreguntó. Soy un pesimista hueón, pero la clase media no es atracción, tal vez sólo para nosotros, le sugerí. No somos tan pocos en todo caso, continuó.
¿Sería la aventura de la clase media conocer los suburbios y los palacios por partes iguales? ¿La aventura sería un acto de inmadurez ante los dos extremos de los cuales dependíamos? Beto no creía en la independencia de los del medio. Yo tampoco. ¿Entonces qué? Nada. Nada de nada. Nuestra experimentación carecía de fundamentos serios. Era una simple estupidez. Divertida, al menos. A vista de un panelista de programa de TV serio, seríamos unos pendejos ilusos e idealistas, echados a la suerte de la olla. Seríamos como un centro desde mitad de cancha, de un lateral paraguayo hacia un delantero goleador. Una fórmula aborrecida por quienes aman el buen fútbol, pero siempre útil en cuanto a resultados.
La enseñanza del período del constante movimiento la tuvo cada uno por su lado. Es un fraude, pero ninguno quiso tomar la palabra. Menos llegar a moralejas fácilmente reconocibles. Años después, cuando el constante movimiento era sólo un recuerdo, supe que pensábamos lo mismo, pero que no nos atrevimos a poner la resolución sobre la mesa.
Ambos pensamos que Santiago es una ciudad de mierda, de puros huevones cínicos que buscan ser protagonistas en películas ajenas. Como los actores de reparto de una compañía que se van a otra, en la que sí serán personajes centrales. Cabía perfectamente ahí, el séquito de viejos calientes cañeros, que querían intimar con la Arturita y la Paloma. Sí, el servicio era pagado, pero lo lograban. Eran protagonistas en un topless, como nunca lo fueron en ninguna otra parte. También podía entrar en la categoría, el Dj de polera rayada, que con sus malditas tornamesas y sus fonos gigantes, era por fin alguien, como nunca podría haber llegado a ser en sus otras actividades. O por qué no el hecho de que flirteara a estudiantes de primer año de un bachillerato en humanidades. Beto decía con autoridad algo que yo también pensaba. El Dj no se metía con una mina de su generación porque no se la puede po hueón, tiene que recurrir a las miss 17 que entran a la universidad.
Todo era muy grato así. No ser políticamente correcto y apuntar y burlarse de quien lo merecía. El Beto la tenía prometida. Si se encontraba con alguno de los clientes del topless en el Paseo Ahumada, y éste iba con su señora y con los cabros chicos, le iba a preguntar en su cara, ¿hace cuánto que no vai a hacerte una francesa con las cabras del topless hueón? O sí se encontraba al Dj en una sala de universidad, haciendo una clase cualquiera; oiga profe, ¿no se ha seguido culeando a las alumnas?
Es un éxtasis bendito, aunque cueste reconocerlo. El constante movimiento es estar siempre preparado, estar en posición. No de guerra ni de defensa, simplemente en posición. Escuchar cuando hay que escuchar, pero tampoco dar protagonismo a quien no lo merece. Por ejemplo, con el Beto éramos muy respetuosos cuando alguien hablaba de conflictos políticos, pero siempre y cuando fuera con seriedad. Si aparecía un monigote, dando aires aleccionadores, tenía que tener una trayectoria coherente con el mensaje. La única vez que vi pelear al Beto, fue cuando un vecino mío, Javier García, nos invitó a un asado. Todo había resultado grato y ameno, pero después de las 3 AM, nos comenzó a dar consejos de vida, nos sugirió ciertas conductas, nos hizo reflexionar sobre la dictadura, pero no, hasta ahí llegó. Con Beto lo habíamos anunciado, en alguna de esas tantas charlas de viernes por la tarde. Ese hueón no. Era sabido que el Javo -como le llamaban- le pegaba a su mujer. Tampoco era que la señora apareciera con moretones todas las semanas, pero si había alguien que no nos iba aleccionar era él. Ustedes son unos maricones sin respeto, se van de mi casa!, nos increpó, amenazándonos, con un fierro de anticucho en la mano. Nos vamos, pero vo’ no me vai a venir a hablar de la dictadura, ni de lo que tengo que hacer conchetumare, gritó el Beto, totalmente airado. Anda a pegarle a tu señora amariconao culiao, continué yo, salido de mis casillas, pero pensando después, arrepentido, que con lo borracho que andaba el Javo, no hubiera resultado mi mensaje boomerang, de que al decirle que le pegara, en realidad no le pegara.
El constante movimiento era tranquilo, pero a veces, muy pocas veces, tenía estos trances de agresividad. Aún así no alcanzaban a ser episodios de violencia. Los evitábamos, corriendo y abrochando las zapatillas o zapatos una vez al día, pero bien firme. Una práctica que sólo se podía hacer con zapatos comprados en Victoria con San Diego, de esos sin marca que no se rompen jamás.
El constante movimiento, al cabo de unos años, hizo que tuviera muchos esguinces y problemas en los tobillos. Me costó volver a subir las escaleras de metro, a doble escalón, superando a todos los que van en paralelo en la mecánica y llegando primero a la boletería. Ha pasado el tiempo, pero de vez en cuando, sin exagerar, espero encontrarme con el Beto. Allí mismo, en la estación de metro de turno, observando los rostros de los transeúntes, que suben y bajan por los escalones, en un momento intrascendente de sus vidas.



